miércoles, 2 de marzo de 2011
jueves, 24 de febrero de 2011
Tumba II
Últimamente soy la "caja fuerte" de todas mis amigas, donde depositan todos sus secretos que no hay que dejar que los demás se enteren. No es que me queje, al contrario, me encanta que confíen en mí, hacen bien porque yo no estoy diciendo nada de nada.
El problema está en que una te cuenta algo re genial, la otra viene con algo que no sabés si está bueno o malo, y después te toca escuchar una noticia de mierda. Me alegro por una, me pongo terriblemente mal por otra, me vuelvo a alegrar y después me hago percha por otra más. Todo esto sin poder demostrar que quizás no me alegro tanto porque pasan otras cosas.
Y bueno, ya no sé cómo estoy yo.
EXPLOTAAAAAAAAARRRRRR!!!!!!!!!
El problema está en que una te cuenta algo re genial, la otra viene con algo que no sabés si está bueno o malo, y después te toca escuchar una noticia de mierda. Me alegro por una, me pongo terriblemente mal por otra, me vuelvo a alegrar y después me hago percha por otra más. Todo esto sin poder demostrar que quizás no me alegro tanto porque pasan otras cosas.
Y bueno, ya no sé cómo estoy yo.
EXPLOTAAAAAAAAARRRRRR!!!!!!!!!
martes, 22 de febrero de 2011
Tumba
Por primera vez en mi vida estoy cumpliendo con el "no se lo digas a nadie, pero a nadie eh". Y lo cumplo porque JURÉ no decírselo a nadie y siento que si rompo el juramento me van a pasar cosas horribles. Posta, mejor no me arriesgo.
La pucha que me re cuesta quedarme callada, che.
La pucha que me re cuesta quedarme callada, che.
lunes, 21 de febrero de 2011
Las mata bien muertas
A eso de las dos de la mañana bajé a la cocina a tomar un vaso de agua antes de irme a dormir. Todo iba tranquilo hasta que veo una cucaracha. Sí, cucaracha, horrible. De un tamaño bastante pequeño, pero eso no la hacía menos asquerosa, repugnante y todo lo que se les ocurra. Superada la parálisis momentánea que me provocó verla ahí, en mi cocina, me di cuenta de que tenía que matarla. Zapatillas no tenía, ojotas tampoco (abrí la heladera descalza y no me morí). Entonces pensé "ya fue, le doy directo con el Raid". Agarré el aerosol y empecé a tirarle con toda la bronca mientras que por dentro pensaba "morite, hija de puta, morite!".
Luego de unos segundos en los que el desagradable bicho trató de escapar, vi cómo quedaba inmovil, sin vida en el piso. Y ahí olí el Raid. Pará! Mi mamá compra Raid sin olor. Pará! Esto no huele como el Raid...
Uy, la maté. La maté con Blem.
Sí, señores, Blem mata cucarachas.
Y yo soy la boluda que a las dos de la mañana no distingue los aerosoles.
Bueno, igual murió, así que todo bien.
Luego de unos segundos en los que el desagradable bicho trató de escapar, vi cómo quedaba inmovil, sin vida en el piso. Y ahí olí el Raid. Pará! Mi mamá compra Raid sin olor. Pará! Esto no huele como el Raid...
Uy, la maté. La maté con Blem.
Sí, señores, Blem mata cucarachas.
Y yo soy la boluda que a las dos de la mañana no distingue los aerosoles.
Bueno, igual murió, así que todo bien.
sábado, 5 de febrero de 2011
"Pero me quiere?"
El otro día miraba Gran Hermano 2011 y me reía de cómo Tamara preguntaba a Jesica y Loreley si Cristian U. de verdad la quería o sólo la usaba como parte del juego.
Me odiarán por empezar el post de esta forma, pero es que en cierto momento (específicamente mientras desayunaba hace un rato) volvió a mi mente ese tema y me di cuenta de que, lejos de tener que reírme, Tamara solamente estaba preguntando eso que todas las mujeres preguntamos en algún momento de nuestras vidas.
"Pero me quiere?"
Ese momento en el que no entendemos qué fue lo que pasó ni qué es lo que está pasando. Entonces, recurrimos a nuestras amigas, que seguramente puedan ayudarnos porque ven las cosas desde afuera y siempre nos dicen la verdad. O recurrimos a nuestros amigos, que tienen que saber "porque son hombres" y (erróneamente) creemos que todos los hombres son iguales, por lo tanto ellos tienen la verdad absoluta.
Y preguntamos.
Y las respuestas llegan de diferentes maneras.
La mirada de "pero pendeja, vos ves lo que me estás preguntando?", el "dale tiempo, ya vas a ver", el "yo creo que sí". O la peor de todas, el consuelo de algunas: "Te quiere a su manera". A su manera? Qué es eso? Que me quiere pero jamás me lo va a demostrar? Que me quiere pero en realidad no le importa? WHAT DOES THAT MEAN?
Bueno, obteniendo cualquier respuesta, todas alguna vez llegamos a hacer la gran pregunta.
"Pero me quiere?"
Y no nos conformamos con ninguna respuesta, ni siquiera con la única que vale la pena, esa a la que jamás le vamos a hacer caso y entonces nos vamos a hacer la cabeza con todas las demás. Nunca vamos a seguir el consejo de la respuesta correcta.
"Y qué sé yo, preguntale a él..."
Me odiarán por empezar el post de esta forma, pero es que en cierto momento (específicamente mientras desayunaba hace un rato) volvió a mi mente ese tema y me di cuenta de que, lejos de tener que reírme, Tamara solamente estaba preguntando eso que todas las mujeres preguntamos en algún momento de nuestras vidas.
"Pero me quiere?"
Ese momento en el que no entendemos qué fue lo que pasó ni qué es lo que está pasando. Entonces, recurrimos a nuestras amigas, que seguramente puedan ayudarnos porque ven las cosas desde afuera y siempre nos dicen la verdad. O recurrimos a nuestros amigos, que tienen que saber "porque son hombres" y (erróneamente) creemos que todos los hombres son iguales, por lo tanto ellos tienen la verdad absoluta.
Y preguntamos.
Y las respuestas llegan de diferentes maneras.
La mirada de "pero pendeja, vos ves lo que me estás preguntando?", el "dale tiempo, ya vas a ver", el "yo creo que sí". O la peor de todas, el consuelo de algunas: "Te quiere a su manera". A su manera? Qué es eso? Que me quiere pero jamás me lo va a demostrar? Que me quiere pero en realidad no le importa? WHAT DOES THAT MEAN?
Bueno, obteniendo cualquier respuesta, todas alguna vez llegamos a hacer la gran pregunta.
"Pero me quiere?"
Y no nos conformamos con ninguna respuesta, ni siquiera con la única que vale la pena, esa a la que jamás le vamos a hacer caso y entonces nos vamos a hacer la cabeza con todas las demás. Nunca vamos a seguir el consejo de la respuesta correcta.
"Y qué sé yo, preguntale a él..."
martes, 4 de enero de 2011
domingo, 2 de enero de 2011
Esto también pasará
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total…
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- manténlo escondido en el anillo. Abrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso:
Simplemente decía:
El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:
-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
-¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
-Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.
Entonces el anciano le dijo:
-Recuerda que todo pasa. Nada de lo que tengas, o lo que sientas es permanente. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
(No sé de quién es el cuento, pero mío no es)
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total…
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- manténlo escondido en el anillo. Abrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso:
Simplemente decía:
“ESTO TAMBIÉN PASARÁ.”
Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:
-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
-¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
-Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.
Entonces el anciano le dijo:
-Recuerda que todo pasa. Nada de lo que tengas, o lo que sientas es permanente. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
(No sé de quién es el cuento, pero mío no es)
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